
El aroma de la cena del Día de Acción de Gracias se extendía hasta el primer piso del edificio de departamentos donde vive Andrea, mi hija menor y su esposo Sebastián. Olía a hierbas finas, a canela, a torta de queso y calabaza. Sabía que la cena sería deliciosa porque cocinarían mis hijas –Alejandra y Andrea– que dominan el arte culinario como el más experto de los chefs.
Lo que me encanta de ellas –hablo de las dos porque son iguales en esto– es que piensan en cada detalle. Nada queda al azar y la comida que te ofrecen no sólo es exquisita sino que, además, combinan colores, sabores, aromas y el producto final termina siendo un verdadero festín. Se esmeran durante horas para lograr que todos sus invitados queden saciados y les aseguren que nunca antes comieron manjares así. La cuestión es que es cierto.
La mesa vestida para la ocasión lucía bella, con servilletas con anillos llenos de lentejuelas, copas de color dorado haciendo juego con los frasquitos de votivos encendidos.
Cada vez que Andrea me mira, su sonrisa me ilumina. Es como si un ángel bajara del cielo y un murmullo de alas me rodeara. Es cierto que es mi hija... también es cierto que la amo mucho, pero la verdad es que Andrea no sólo es así conmigo, sino con toda persona que se relaciona con ella.
¿Y qué diré de Alejandra? Bueno, ella es mi primogénita y la mujer que más admiro en el mundo. Desde pequeña me asombró su sabiduría y muchas veces me sentí... ¡como su hija! Es amable y delicada... es amorosa y gentil, pero te dice las verdades más crudas con el tacto y la firmeza de la Asistente Social que lleva en su corazón. La amo infinitamente.
Este año agradecí a Dios por mis hijas. Por el amor que me demuestran y porque siempre serán mis pequeñas. Cuando la vida se nos acorta, miro hacia atrás y me llenan los recuerdos de los días de libros y cuadernos, de loncheras y yogourts, de uniformes y bolsones... y de la determinación de que amaran la lectura tanto como yo, que fueran bilingues y se convirtieran en mujeres auténticas, con voz propia. No representó para mí ningún esfuerzo... ¡ellas son MUCHO MÁS de lo que una madre puede soñar de sus hijas!
Anoche, antes de irme a la cama, Andrea me abrazó y me dijo al oído: “Mami... gracias por venir nuevamente.”
Ya acostada, se me acercó Alejandra y me besó con cariño: “Que duermas bien, mami... hasta mañana.”
El sueño me iba cerrando los ojos mientras repetía: “Mis hijas... son mi mayor tesoro.”
No hay comentarios:
Publicar un comentario